Por Lenin Adolfo Zamorano Martínez 1

En vísperas de celebrar el día del padre, puede que suene familiar la frase: “no basta, con comprarle curiosos objetos, no basta, cuando lo que necesita es afecto…” que, a través de su música, expresó el canta-autor Venezolano Franco De Vita.

Como primer acercamiento, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI 2) en el año 2015 se estimó que cerca de una tercera parte de la población de hombres eran padres, es decir, un equivalente aproximado de 21.7 millones de hombres dentro del contexto mexicano. Sin embargo, en cuanto al ejercicio de la paternidad [2], se reportó que en cuatro de cada 10 hogares el padre estaba ausente. Aunado a ello, si hablamos sobre la participación en actividades del hogar, en el 2020 la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo [3] señaló que las mujeres siguen invirtiendo mayor tiempo y esfuerzo – cinco horas más en promedio- en el trabajo no remunerado, en comparación con los hombres; este trabajo no remunerado se asoció principalmente al suministro de alimentos en el hogar, la educación de las hijas e hijos, limpieza y mantenimiento del hogar, al cuidado pasivo -estar pendiente-, entre otras actividades. 

En ese mismo tenor, bajo discursos “biologicistas” se naturaliza la maternidad, en la que se vuelve un mandato para las mujeres, mientras que la paternidad se coloca como una “opción” que tiene como efecto las ausencias y abandono de dicha responsabilidad; pues, ¿Cuántas veces hemos escuchado la frase “padre desnaturalizado” o “como el amor de papá, ninguno”. En ambos casos, la maternidad y la paternidad deberían ser una práctica sujeta a elección y no un destino, dónde no se violente la dignidad y derechos de las partes involucradas. Las ausencias y falta de involucramiento en los hogares, por parte de los hombres que son padres, responde a factores socio-culturales que se han vinculado con la idea errónea de lo que debe ser “propio de hombres o de mujeres”, como si fueran hechos indiscutibles o propiedades inherentes de “cada género”. Porque, si bien es cierto que, la paternidad (y maternidad) es una práctica construida de acuerdo a los contextos sociales y culturales específicos, existe un modelo predominante que guía el ejercicio de la paternidad, este modelo se asocia a las normativas de la masculinidad hegemónica.

La masculinidad hegemónica es un sistema de valores, creencias y prácticas predominantes que pautan un ideal de “ser hombre”[4]. Ese ideal tiene como consecuencia que, muchas de las veces, los hombres se piensen y actúen de formas que atente contra su propia salud, donde el enojo o la violencia son la solución a los conflictos, el que exista poca identificación o expresión de sus emociones y el desapego emocional a otras personas u otros hombres puesto que, la expresión emocional entre hombres se arraiga a preceptos homofóbicos, así como creer que ser padre se reduce a proveer solamente en el ámbito económico, misma creencia que  incorpora la noción de verse en inmerso en el trabajo no remunerado – tareas del hogar y crianza de las/los hijas/os-  es más un apoyo que un acto de responsabilidad.

En ese sentido, de manera desigual y jerárquica se reproduce una división sobre los espacios, tareas y personas que corresponden a estos. Dicho de otra forma, se hace la separación simbólica entre espacio público- trabajo remunerado- y espacio privado -trabajo no remunerado- [5]; donde al primero le corresponderían aquellas tareas concebidas como productivas, asociadas al trabajo, empleo o desarrollo profesional, y que conllevan a un reconocimiento social y el uso discontinuo del tiempo;  al segundo, se le adjudican tareas reproductivas y de cuidado, que alude a actividades cíclicas, sin reconocimiento social y que implican uso continuo del tiempo, estas tareas son relacionadas con la crianza, el cuidado y trabajo doméstico. En un devenir histórico, social y cultural, el espacio público, y lo que esto implica, se les ha asignado a los hombres, mientras que a las mujeres se les ha delegado el espacio privado, y aunque existen avances sociales en materia de derechos, cómo señalé al inicio del texto, aún existen brechas que reflejan retos pendientes en materia de igualdad sustantiva entre hombres y mujeres.

Dentro de esos retos pendientes se encuentra el ejercicio de “paternidades responsables”, término que la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México define como:

“a aquellas que tienen los padres (en sentido cultural y no exclusivamente biológico) de cumplir con todos los goces y las responsabilidades en la crianza y educación de sus hijas e hijos (…)Se trata de brindarles todas las condiciones materiales de existencia que les permitan un desarrollo pleno, pero definitivamente no se constriñe a ello; requiere dedicar el tiempo necesario para compartir, disfrutar, comunicarse; demanda protegerles contra toda forma de abuso, otorgarles un trato respetuoso y digno, cuidarlos, atenderlos y orientarlos a fin de que conozcan sus derechos y aprendan a defenderlos y a respetar los de otras personas; además requiere entender que la realización de los trabajos domésticos y de cuidado son también responsabilidades masculinas”. [6]

https://cdhcm.org.mx/2016/06/cdhdf-se-pronuncia-en-favor-de-las-paternidades-responsables/

En ese sentido, en primera instancia se trazan directrices que velan por los derechos humanos, en especial de las mujeres, niñas y niños, quienes han sido vulnerados desde diferentes aristas. Pero también, se apuesta por el desarrollo del bienestar de los hombres, puesto que, al invlolucrase en la crianza y cuidados de sus hijas e hijos, coadyuva al reconocimiento de las emociones, sensibilidad y amor que pueden poner en práctica constante, del día a día. De tal modo, que se apunta a la construcción de identidades masculinas que abandonen los mandatos normativos de género que constriñen el repertorio socio-afectivo de los hombres, y que al mismo tiempo, contribuye a una sociedad fragmentada y excluyente.

A modo de cierre de este breve artículo, me gustaría exponer una serie de ideas que apunten a la práctica comprometida, afectiva y responsable de la(s) paternidad(es):

  • El machismo se enseña tanto en la presencia, sea a través de palabras, frases o actos sexistas, lgbtfóbicas y que atenten contra cualquier expresión de diversidad humana, como con la ausencia, ya que, al no estar presente o interactivo en los cuidados y crianza, se da a entender – de forma equivoca- como “debería ser un hombre”.
  • La paternidad se ejerce y manifiesta de formas diferenciadas, es decir, existen padres con alguna discapacidad, padres de la diversidad sexo-génerica, padres indigenas, padres afrodescendientes o paternidades monoparentales, entre otras, y todas son igual de válidas y dignas de ser respetadas.
  • Al involucrarte en los cuidados, crianza, ser responsable, reconocer la gama de emociones y sensibildad como hombres, se enseña a los hijos e hijas a formar relaciones sociales desde la no-violencia y el reconocimiento a la diversidad.
  • Vivir una paternidad afectiva y activa – por ello el a(fe)ctiva- coadyuva a derribar el adultocentrismo (la idea de que los/as adultos/as siempre tienen la razón), y se propicia un espacio de escucha y validación a los sentires, malestares o proyectos de vida de los hijos e hijas; acciones que impactan de forma positiva a su autoestima, seguridad, confianza y bienestar. 

Por último, algo que es un hecho, es que no existe manual para “ser padre” ni tampoco una forma de serlo, sin embargo, con el conjunto de experiencias trasmitidas, comunicadas o compartidas por parte de otras personas y “figuras masculinas” que nos rodean, podemos aprender y desaprender constantemente. Y aunque no “soy padre”, sólo hijo, como parte de una sociedad, es necesario que se aporten perspectivas que apunten a cambios positivos para mejorar las relaciones interpersonales. Por lo que espero, que este texto no resuelva dudas, al contrario, me despido con la esperanza de dejar cuestionamientos o que incluso haya movido emociones; porque sin movilidad, no hay cambio; sin cambio, no hay transformación; y sin transformación, no hay crecimiento. 

¡Feliz día del padre!

Dedicatoria: a mi madre y padre, quienes en equipo, mediante su apoyo y cariño me enseñaron a cuestionarme y cuidar de mí y de otros/as.

Fuentes de consulta.

1. Estudiante del doctorado en psicología social y ambiental, facultad de psicología, UNAM. Formación en estudios de género, sexualidad y diversidad sexual, derechos humanos, terapia familiar sistémica y estudios de la discapacidad/diversidad funcional. Coordinador de la IYAB (International Youth Advisory Board) en la International Partnership for Queer Youth Resilience (INQYR) – University of Toronto.
2. Consultar datos en: https://www.inegi.org.mx/datos/?t=0120
3. Consultar datos en: https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/boletines/ENUT/Presentacion_ENUT_septiembre_diciembre_2020.pdf
4. Bonino Méndez, Luis. «Masculinidad hegemónica e identidad masculina». Dossiers feministes, [en línea], 2002, n.º 6, pp. 7-35, Disponible en: https://www.raco.cat/index.php/DossiersFeministes/article/view/102434
5. Rocha-Sánchez, Tania (2017). La socialización de género en el entorno familiar: un espacio crucial para generar cambios y promover la igual de género. En Delgado, Gabriela. Construir caminos para la igualdad: educar sin violencia. UNAM, México, 61-111. Disponible en: http://www.iisue.unam.mx/publicaciones/descargas/construir-caminos-para-la-igualdad-educar-sin-violencias.pdf#page61
6. Consultar en https://cdhcm.org.mx/2016/06/cdhdf-se-pronuncia-en-favor-de-las-paternidades-responsables

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